Lo que escribe una mano extraña

“Lo que escribe una mano extraña” es una antología de relatos centrados en lo que podríamos denominar el género de lo extraño y lo inquietante. En estos momentos busco una editorial que esté interesada en su publicación, para lo cual pretendo con esta página dar una pequeña muestra. Si quisieras contactar conmigo, puedes hacerlo en la dirección danielpe arroba yahoo punto com.

Una sinopsis.

Qué es lo extraño. Lo extraño no es nada.

O bien es lo que pasaría si una carretera no terminara nunca. Si lo que se moviera fuese la carretera y no el coche sobre ella. Si una pareja que no se conoce ni tiene nombre no pudiera salir del coche ni controlar sus movimientos. Probablemente enloquecería. O no.

O que un muerto no quiera recordar quién es. Quizás entonces un psiquiatra le obligaría, hora tras hora, a recordar lo que es, dentro de una ciudad vacía hecha sólo para él, viéndose proyectado en una pantalla donde quien aparece no es él. Nunca es él. Nunca quiere serlo. Por qué querría serlo.

O tener que asegurar a una desconocida que nuestra decisión es la correcta, a pesar de que no sepamos qué hemos decidido. O comprar una manzana cada vez que empezamos una relación y observarla cada día más a ella que a la pareja.

También lo es la luz cálida y amarilla de un vals que flota y baila por los pasillos envolviendo estos cuentos para luego caer al suelo por el gruñido hambriento que sube desde el sótano. Y el hombre gordo debe ir a darle de comer. Nunca puede faltar.

Quizás lo extraño no es sino lo que no sabemos puesto en palabras, en personas y lugares que no tienen nada de extraño. En personas encerradas en cuentos y para las que nada es distinto a como debería ser. Porque no hay nada extraño. Lo extraño no existe. Lo extraño sólo es una mirada a ciegas a las sombras de nuestro dormitorio mientras aún estamos dormidos. Y las sombras no nos miran.

Extraño es vivir sin un Dios, pero observados por un hombre crucificado y reseco, en mitad de un bosque de cenizas mientras sólo queremos dormir y las cenizas se mueven. O querer que el metro se detenga en una estación que no tiene salidas, y que no se pare porque no tiene por qué obedecernos. O que ciento setenta personas reciten poemas furiosos debajo de nuestra ventana sin dejarnos en paz.

O preguntarse si se puede vivir siendo un número que sobra entre todos los demás números que forman la cantidad exacta que debe levantarse, ir, volver. Ser el que siempre es redundante, el que acude cada día, cada mes, cada vida al matadero a cortar pezuñas de cerdo mientras se apiña con el resto de números en el ascensor en el que sólo entra la cantidad exacta de personas, cuidando de mantener su cuello bien bajo, cuidando de no sufrir demasiado por el vacío y la pérdida de quien se ha marchado de nuestro apartamento medido en centímetros muy precisos, cuidando de no gritar y llorar. Llorar está prohibido. Gritar no le está permitido a un número.

Se sabe que las figuritas de cera deben estar encerradas en cajas para que no escapen. Nadie pondría esa caja sobre la chimenea. Nadie dejaría la ventana abierta. O no. Quizás todo dependa del punto de vista. Y quizás en realidad la gente nos mira y se ríe cuando no los vemos, y nos bloquea las puertas del metro para que no lleguemos a tiempo a esa llamada tan importante que puede salvar nuestra vida amorosa. O provoca un atasco sólo para ponérnoslo difícil. O lleva toda la vida espiándonos y poniéndonos zancadillas. Quizás decidieron que nos teníamos que llamar Isabelo sólo para demostrar que se podían reír de nosotros todo lo que querían y más, y siempre.

Y si nuestra casa es marrón, y siempre fue marrón, desde el suelo, el techo, las paredes, los muebles y hasta casi nosotros mismos, entonces nunca debemos cambiar de color. Salvo que el interruptor de la luz se mueva de lugar cada día y nos deje perdidos en la oscuridad de nuestra cueva, obcecados buscando la salida, blasfemando mientras juramos no volver a usar un interruptor.

Perder los botones es extraño. Que los botones caigan de entre nuestra ropa y resuenen contra el suelo con un ruido de plástico es extraño. Que caigan sin que se vea de dónde salen. Que inunden el suelo de la oficina. Que formen una marea que se meta debajo de todas las mesas, que se deslice hasta la salida, que no deje caminar. Que nuestros compañeros tengan que levantar los pies para evitar tocarlos. Que nuestro jefe nos mire con la cara roja.

Y extraño es también aquello más oscuro, aquello que nos mira en nuestras pesadillas y nos encuentra con nuestra botella de vino barato y nuestra cocina destrozada, llena de sombras y de platos rotos y afilados, y con nuestro salón lleno de gente borrosa a la que ni conocemos ni entendemos cuando hablan. Y también es esa lluvia que golpea demasiado fuerte, como si quisiera abrirse paso a través de la piel, que nos hace caminar desnudos por esa ciudad hecha de sombra mientras buscamos nuestro cuerpo caído e inundado.

Y, tras la lluvia, sólo permaneceremos nosotros y lo que ha escrito una mano extraña.

Tres fragmentos.

Se gira y quita la figurita de la ventana. La mete en una caja de madera y cierra la tapa.

-No la guardes ahí.

-¿Por qué no?

-La asfixias.

El vals coletea por el pasillo, y al fondo aparece la esposa, pequeña, con gafas viejas y marrones, vestida aún con un elegante traje de trabajo, dando vueltas por el aire, tirando los zapatos de tacón por los suelos y tocando grácilmente las paredes con la punta de los pies.

El marido y la esposa se alcanzan en el techo del salón, se toman de las manos y, mientras el vals acelera y hace cabriolas con los violines, bailan sobre los muebles sonriendo con ojos extasiados, dejándose iluminar por la luz cálida que brota de las paredes.

Primero fueron varios botones aislados, pero el jefe no se dio cuenta. Después, cuando empezó a enseñarle otro informe, comenzaron a caer decenas, uno tras otro, sin detenerse, como un río. Pasó otra hoja más y cayeron más aún. El jefe se calló y se los quedó mirando. En ese momento Alberto levantó la vista y los botones dejaron de caer.

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